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White Noise

Escucho un zumbido tan hueco que aparta a su paso. Ya no puedo atender las conversaciones de las personas que me invaden, ni de las que me rodean. Sonrío, asiento y, ante las caras de incertidumbre, me escondo antes de tener que explicar que no estoy entendiendo de qué va el cuento.  A veces los pájaros superponen sus cantos sobre la gente bien del barrio obrero , camino con las manos en los bolsillos y los ojos en los aviones que garabatean el cielo. De bonito se empañan mis dedos y se secan los párpados, el zumbido deja de ser ruido y se convierte en el azul infinito sobre mi cabeza.  He perdido la voz. Ya no canto con el pecho, he dejado los susurros para otros tiempos y ya no discuto. Joder, ya ni siquiera discuto. Los labios están cosidos en desaires, los argumento ya no pesan ni los encuentro en la maraña de mi pelo.  A veces floto en el tiempo y reconozco las dudas en ese pozo negro que eran sus ojos mirando la televisión apagada. Mi padre sentado en la cama, con l...

Domingos

Los domingos por la tarde siempre han me han sonado como el video de Muscle museum de MUSE. Los pájaros han dejado de cantar hace unas horas y en este silencio solo hay espacio para la desidia. El scroll infinito en redes me ha vuelto a llevar a ese punto de mareo como la que se baja de un barco después de una larga travesía o la que se pone a leer en un coche en marcha.  He estado muchas veces triste, un montón de veces he tenido paradas en boxes y he podido ser consciente de estar jodida, pero siento que cada vez que paro, la movida es más tocha y mi cuerpo está más cansado. No sé si serán los años o la acumulación del rodamiento, pero sin estar en guerra, tengo ganas de volarme la tapa de los sesos.  Prometo que estoy trabajando por mantenerme a flote y, aunque no vaya nada conmigo, estoy tan a la desesperada que he pedido esa mano que me ayude a llegar a la orilla. A veces pienso que no merece la pena, que he perdido el ritmo y el compás y que me autoconvenzo para segui...

Hola, casa

El sol en febrero La risa de mis amigas El ronroneo de Sombra cuando amanece Los pijamas eternos del domingo El olor a ropa limpia al tender  Forrar los libros en septiembre El olor a leche hirviendo   Los cumpleaños en el burger El olor a libro nuevo Y el vacío cuando se acaban  La bata de mi madre El bocadillo de Nocilla para merendar Las canciones de la radio  El nórdico sin ropa  Sentir casa en tantas cosas Mirarte dormir a cualquier hora Querer a tus gatos  Fluir  y Courage , o al revés Hacerte reír cada vez que puedo Hacerme grande cada vez que lo consigo Colar la mano por tus bragas Agarrar tu espalda en cada orgasmo Y tu cara en cada beso Abrazar tus dudas Y contarte mis miedos Celebrar tus logros  Ser tú la primera a la que contar los míos Compartir lo que duele y lo que repara Merecernos, con todas sus letras Desatascarte el fregadero Conocer a tu abuelo Querer hablarle a mis nietos de ti Y que me corrijas el cuento Sumarnos y que n...

Del verbo querer

Prefiero el otoño. Prefiero un atardecer naranja. Prefiero andar descalza. Prefiero los besos por la espalda. Prefiero no perderme en la semana. Prefiero cantar “Prefiero” que inventarme una. Prefiero comer con las manos. Prefiero poder elegir. Prefiero tener más ganas que miedo. Prefiero no despedirme. Prefiero madrugar. Prefiero a mi gato a las personas. Prefiero los juegos de mesa. Prefiero reírme de mis desgracias. Prefiero el pelo despeinado. Prefiero el silencio largo al ruido de mis pensamientos. Prefiero las arrugas a disimular. Prefiero los Baileys con hielo. Prefiero no perder el control. Prefiero pájaro en mano que cientos volando. Prefiero manta y sexo y de la peli no saber el final. Prefiero las fugas disociativas que quedarme y aguantar. Prefiero descubrirme cada día. Prefiero la lluvia bajo techo. Prefiero el olor a mandarinas. Prefiero crecer en lodo que en tiesto. Prefiero saber empezar. Prefiero escribir a contar.

Alicia

En los primeros meses del 1993 mi madre aún no fumaba, pasaba más tiempo del que yo estaba acostumbrada en casa y en su barriga crecía la vida de una forma casi tan mágica como la imaginación de un niño. Tenía 5 años y mi madre 32. Me gustaba la idea de que mi madre tuviera esa barriga grande que le impedía salir a trabajar. Supongo que me gustaba tenerla más tiempo para mi hermano y para mí y, además, la ilusión que irradiaba por lo que venía en camino, hacía sombra a todos esos lustros que ella aparentaba de más y que ya estaba acostumbrada a percibir en mi madre. La televisión encendida de fondo mientras merendaba un bocadillo de pan, aceite y azúcar. Habíamos llegado hacía muy poco de clase y yo seguía con el uniforme del colegio puesto. Mi madre, después de prepararnos la merienda, se había dejado caer en el sofá con los pies en alto, sobre una silla, cansada pero satisfecha por un día más prácticamente terminado con éxito. Desde el otro sofá, yo paseaba la vista distraída por las...

Aprieta, pero no ahoga.

CJ tenía unos atardeceres impresionantes. Si miraba a la izquierda veía el azul del cielo cada vez más oscuro, si miraba a la derecha, los tonos anaranjados, a veces rosáceos, del día que se despedía en ese silencio tan cómodo de la urbanización casi fantasma donde N vivía. Se sentaba en uno de los escalones del porche con su pijama de coralina y su bata o su camiseta publicitando cualquier cosa y allí dejaba, durante un breve espacio de tiempo, de rascarse compulsivamente el cuello. Las golondrinas y otros pájaros cruzaban el cielo sumergidas en sus rituales diarios y sus perros ladraban a los que se posaban en alguno de los árboles del patio. Allí sentada dejaba caer su cabeza humeante entre el hueco de sus manos y permitía que el caos fluyera a sus anchas sin importarle una mierda si el mundo tal y como lo conocía terminaba reventando en algún momento de la película.  Bajaba el volumen de esa radio mental que la bombardeaba con las noticias catastróficas de la jornada. La triste...

. .-. .. ... IV

 Apretó los ojos con fuerza e intentó aferrarse inútilmente al suelo. La vibración se hizo tan fuerte que pronto estaba suspendida a tres palmos del suelo. El techo voló con todo y al abrir los ojos solo pudo ver alejarse de aquella ventana que se hacía cada vez más pequeña entre la nada.  Le siguió un silencio que le resultaba familiar. Topo ya había flotado antes, ya había sentido la ingravedad del que viaja lejos de casa en un proceso de replegamiento introspectivo.  En el camino sintió cortar hilos rojos que la conectaban con humanos, soltar palabras escondidas guardadas en cajas de cartón, vio sus miedos precipitando y agarrando la punta de los dedos con fuerza para viajar con ella. Se vio sacudiendo y sacudiendo, pero no consiguió librarse de todos los que ya se sabían las mejores técnicas de alpinismo anatómico. Por el camino, perdió momentos atesorados en pequeños tuppers y al verlos alejarse casi pierde el rumbo intentando recuperarlos.  Soltó varias tonelad...