Hierba y barro

El tiempo vuelve a ser arrítmico. Tic- tic- tac- tic- tac- tac-. Duermo las mañanas, finjo las tardes y lloro las noches.

Thor intenta cazar las sombras de los gorriones proyectadas en la fachada. Nalo persigue a Thor en sus rutinarias carreras por el patio. Nelly hace malabarismos para acostarse con dignidad a sus 119 años humanos y la barriga de Luna sigue en aumento -ya queda poco para que asomen Wio y sus hermanos-.
Los miembros de esta familia que caminamos sobre dos patas continuamos con nuestra imperfecta linealidad. Somos como una función perfectamente amorfa.

He visto tantas veces llorar a mi madre que no recuerdo la primera vez que lo hice. Un día perdí la capacidad de consuelo al más estilo humano -el abrazo- y en esa etapa me quedé atrapada modo bucle.
Era pequeña y ella llevaba días metida en la cama, llorando sin motivos aparentes y queriendo morir sin motivos aparentes. Yo llevaba días que me colaba en su cama para abrazarla y llorar sin motivos aparentes, queriendo que viviera sin motivos aparentes. Contagio emocional.
Una mañana se levantó y lloró sin hacer ruido, sentada, y nunca más supe llorar con ella. Supongo que desde la puerta de la habitación la abrazaba sin hacer mucho ruido, sin mover un solo músculo y sin decir algo diferente a "deja de llorar, que no pasa nada". Bloqueo emocional.
Hace unos días, la sombra de ese recuerdo se ha materializado tanto que se me ha cosido al borde de los ojos.

El día que llegamos a esta casa recuerdo cómo mis padres, mis hermanos y yo arrancábamos las malas hierbas del patio. Encontramos latas enterradas y algunas cosas curiosas. Mientras despejábamos la tierra, mi madre visualizaba en voz alta dónde irían los pinos, el limonero, el jazmín, el mandarino, aquellas flores raras y un árbol que con los años ofreció frutos muy raros.
A los pinos les costó crecer, pero lo hicieron lo suficiente como para cubrir las vistas desde el exterior. Del mandarino incluso hemos llegado a probar sus frutos.
Ayer, mi madre los miraba y se les empañaron los ojos sabiendo que no veremos crecer nada más allí. Las malas hierbas -que también tienen derecho a vivir y que estaban antes que nosotros- volverán mientras nosotros nos vamos.

Desde que es sabido que el banco se queda con todo, la casa parece estar menguando. Mi cuarto es más pecera que nunca. Las paredes están tan vestidas de momentos como mi cama. He llorado, reído, prometido, dormido, he querido, me han querido e incluso me han dejado de querer.
Los posters que en su día colgué tan firmes parecen haberse puesto de acuerdo para abombarse y coger soltura. Ciertamente mi cuarto atemporal se ha convertido en una burla de dimensiones desproporcionadas que se dedica a robarme centímetros cúbicos de aire.

Siento que me están robando hasta lo que soy. Con la expropiación legal de la casa, el banco, además, se lleva todo lo que hemos sido dentro. Se cobran unos intereses demasiado altos para hacerse llamar humanos.

Las golondrinas han vuelto, han reconstruido el nido y pronto pasearán cielo a través desde alguna parte al hogar que tienen en esa esquina de nuestra ya no casa.
Se acabaron los atardeceres naranjas y espero que las golondrinas sean, a pesar de todo, la única parte de familia de la que me expropien ilegalmente los señores de traje y corbata.

El día 5 cerramos. Y mi vida sigue pasando así, como en fotogramas, como los párrafos con doble enter.


Me echaré de menos.

Comentarios

  1. Ahora te toca ser fuerte. Haz lo que tengas que hacer, que te quiten lo que quieran pero que nunca te quiten a tí misma. Se fuerte. Es duro, pero te lo debes. Organiza tu ira, enfadate, desprecia los malos ratos, las personas que destrozaron tu lugar, pero no te pierdas en esto. Se fuerte, te lo debes.

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  2. Te encontre y me quede leyendote. Te mando animo, y tiempo para que puedas volver a ser tu misma en cada cosa que hagas...

    besos

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