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La boda de Lala

Bajar la Avenida de Madrid subida en un par de andamios no parece un plan tan espectacular como cuando le sumas el salir con la hora justa y tienes que ir luchando por llegar a la parroquia en vertical y sin haberte derretido por el camino, con un bolso complicado y sosteniendo los bajos del vestido para no pisarlo. Siempre me ha gustado Lara Croft y su afán aventurero, que no se diga que yo no puedo. Siempre he considerado las iglesias como lugares fríos hasta en verano. Tal vez hace demasiado tiempo que no pisaba una -ni falta que hace-, pero ayer el sol quemaba tanto que más que invitados a una boda parecíamos los invitados a la casa de verano del de ahí arriba. Eso sí, sin piscina, sin pelotas de Nivea, sin ropa fresquita, sin el vaso helado en la mano, sin diversión,...pero con esos clásicos ventiladores que dan vueltas, remueven el aire y enfrían el sudor en tu cara. El "ahora me levanto y ahora me siento" me recordaba los grados cada vez que tenía que despegarme el ves...

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     Las sillas de madera de los viejos autobuses, apoyando la cabeza en el cristal y susurrando una constante "A" que vibraba y me distraía durante el trayecto. Colocar los pies en la pared, hacia arriba, imaginando que era capaz de caminar por el techo de gotelé y ver el mundo al revés. Apoyar la cabeza en el regazo de mi madre cuando al salir del cole me cogía en brazos y "escucharla por dentro" mientras charlaba con otras madres. Colocarme el babi como una capa los viernes al salir de clase e ir acelerando por el camino para que cogiera soltura. Hablar con mi hermana a través de la boca de mi madre, creer que recordaba nuestras conversaciones el primer día que la vi.  El olor a tabaco en la ropa de mi padre cuando me llevaba dormida en brazos a casa. Los bocadillos de nocilla a media tarde, viendo "Sailor Moon" o "Dragones y mazmorras", o cualquier serie que dieran en "La Banda del Sur" a esas horas. Aquel campamento en un pueblo de...

Cuarentena

Tan solo me habían durado tanto los paquetes de Donetes durante la cuarentena, cuando una vez por semana salía a hacer la compra y escondía en el bolsillo del carro mi premio en forma de Donetes por exponerme al exterior y cargar como una mula con todas las cosas por la cuesta del Tiro. Eran otros tiempos, tan solo han pasado dos años, pero eran otros tiempos.  Ha sido una semana larga, confusa y medio triste. Un paquete de Donetes, tres magdalenas, cuatro mini kit kats y tres bolas de Maltesers han sido mi alijo de droga mala para superar emocionalmente este bache físico-mental del que aun no me siento del todo fuera.  Creo que he llorado más en la recta final de abril que en todo lo que llevamos de 2022, al menos 4 días en los últimos 9. Me he leído Maus, las viñetas de Macanudo y un par de capítulos de El Evangelio (Elisa Victoria). Me he terminado The Office, Heartstopper y empezado a ver The flight attendant y la segunda temporada de Undone. He visto la final de pádel fem...

The final cut de los Floyd

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 A veces me imagino sentada en el suelo de mi antigua terraza, con la espalda apoyada en los barrotes de la barandilla y el sol haciéndome entornar los ojos. Sombra se acerca y se pasea entre mis piernas justo antes de encontrar el espacio perfecto entre su silencio y el mío y dejarse caer. Me hace volver de ese color pardo rojizo del interior de mis párpados y noto que me empieza a sobrar el pijama de coralina. Siento el calor de ese final de invierno acariciando con ganas mi cara y pidiendo el resto. Soy capaz de dibujar mi pasotismo quitándome la ropa allí mismo, dejándome tocar por algo más que un vacío repleto de un murmullo que ahí no escucho cuando los Floyd susurran su Wish you were here . Respiro lento, me lleno de aire los pulmones, los huesos, los poros. Estoy en bragas en una terraza donde puedo ser vista por varios vecinos que, al igual que yo, están confinados. Mira, que le den a los vecinos. Que le den a la pandemia. Que le den a mi padre. Que le den a mi familia. Q...

Echar raíces

Mi abuelo materno era un hombre pequeño, de la tierra, práctico. Lo recuerdo cantando, bebiendo, cortando el pan con su navaja de cortar todo y trabajando la tierra de sus parcelas. Era jefe de obra, él hizo la casa desde los cimientos y construyó los patios, sembró hortalizas y árboles que luego, a su vez, han dado frutos.  En los inviernos de mi infancia llegaban los camiones de leña a la puerta de su casa y mis primos, mi hermano y yo, nos encargábamos de recogerla. Como hormiguitas bajo su atenta supervisión la llevábamos hasta el patio, debajo de las escaleras que daban a otra de las terrazas de la casa. Terminábamos llenos de tierra y con algún que otro arañazo en las manos de las astillas de los troncos. Mi abuelo nos daba dinero en base a dos cosas: la edad y lo que nos colgara entre las piernas. Obviando esta pequeña injusticia que nunca, ni en mi más temprana edad llegué a comprender, me encantaba terminar cansada, con las manos magulladas y sucia hasta las cejas.  T...

Un poquito na' más

Necesito un abrazo de veinte segundos, ver feliz a la gente que quiero, dormir desnuda y sin despertador, soñarme bien, no volverme un lunes ni pensar en ello el viernes. Necesito aflojar el ritmo, dejar de contar euros, encontrarme en alguna parte, reír con el corazón y querer hasta con los dientes. Necesito aparcar los tengo, los miedos y la culpa y revolcarme un poco más en los "tampoco pasa na'".  Me apetece una montaña con vistas a más montañas, una playa en sudadera mientras otro día se acaba y una cama compartida cuando todos empiezan. Me apetecen buenas caras, Sombra en mi costado, Harry Potter un domingo por la tarde y compartir la manta en el sofá.  Tengo ganas de terminarme un libro, de escribir mucho y sin sentido, de montar en bici y comprobar eso de que no se olvida. Tengo ganas de caminar sin rumbo en una ciudad que no conozca, mirar un mapa de papel, tener el móvil en modo avión y perderme. Pero tampoco mucho.  

Inflexión y deconstrucción

Llegado al ecuador del último mes del año no sé cómo sentirme. Me consuela (en verdad, no) que muchas personas se sientan igual o peor con este segundo año de mierda consecutivo a nivel mundial. 2021 queda guardado en mi cronograma vital del mismo color que 2018, 2014, 2011, 2006. Esos años que parecen pozos por donde te asomas y algo te empuja (Spoiler: LA VIDA) y vas cayendo a una oscuridad indeterminada que pronto te deja a ciegas mientras notas la humedad en los huesos, la temperatura bajando y el miedo de no saber cuánto más lejos se encuentra el fondo, que parece que llega, pero no. La primera vez que tuve un año pozo convertido en inflexivo tenía tanto miedo que hice malabarismos para sostenerme por las paredes antes incluso de que la oscuridad total se hiciera evidente. Poco a poco, sumando años, cuando el fenómeno crisis existencial ha tocado mi puerta, he ido dejándome caer cada vez más como el que se deja morir un poco para ver qué pasa. Aunque llamarlo "dejarme caer...